Hasta que salga el sol, la noche es infinita

20.06.2024 - 1.09.2024

En primer lugar existió, realmente, el caos, que era oscuridad pura e insondable. Del caos nació la negra Noche que trajo con ella la posibilidad de luz. Tanto el uno como la otra representaron, en todas las narraciones mitológicas, momentos germinales sobre los que se establecieron los orígenes del universo, del
mundo, del ser, del pensamiento, de la razón. El Caos es anárquico y vivaz, activado por un instinto brutal anterior al conocimiento. Aquí se encuentra la verdad más primitiva, la verdad del artesano, la belleza abismal, la pureza, el precipicio, la incertidumbre. La Noche es más sibilina, más compleja, más analítica. Aunque de noche afloren emociones cercanas a la naturaleza primaria, aquí es donde se intenta ordenar la herencia caótica que llevamos impresa. La noche es sueño y vigilia; delirio y razón al mismo tiempo, y siempre preludio deforme de algo nuevo. No olvidemos que el tranquilo sueño de la razón nunca dejará de generar monstruos.

 

Es interesante como el artista que nos convoca ante la exposición que estos días celebramos en la madrileña Gärna Art Gallery vertebra estas tesis cosmogónicas como leitmotiv de su producción actual. Black Butter, que es el alter ego de Pato, que a su vez es alter ego de la persona que hay detrás de toda una constelación de nombres y sobrenombres, es, ante todo, un vomitador de almas. La propia identidad, tratada a escala secreta, tiene puntos en común (salvando las distancias) con la mística cristiana en tanto que busca en lo más hondo de sus experiencias personales material sensible para crear/alumbrar (con ritual mediante) una obra altamente sobrecogedora, profundamente íntima y, sin lugar a dudas, eminentemente liberadora. En este caso, con el juego de los seudónimos, no se da tanto un ocultamiento de la identidad, sino más bien una bifurcación de la misma que Black Butter utiliza para mantener al espectador alerta, dejándole sonsacar a voluntad las razones y sinrazones de este batiburrillo nominal. Una pista: pongamos que el negro (Black) es el sentimiento adorniano post-Auschwitz que palpita detrás de la materialidad extremadamente dúctil (Butter) de nuestra contemporaneidad.

 

El problema nominal se percibe también tanto en las maneras de hacer como en las formas que resultan al final del proceso de trabajo de este misterioso artista (cáptese la ironía). Por su imaginario deambulan como almas en vilo los fantasmas míticos de estirpe más informalista y/o expresionista que nos dejaron las segundas vanguardias. El espectro del automatismo surrealista, que abandona cualquier referencia a la realidad sensible y denota una composición intuitiva con vocación de comunicar de manera directa la expresión emocional del inconsciente, también se deja ver en muchas de las obras de Black Butter.

Por otra parte, en los monstruos (que vienen a ser la evolución tardo-capitalista de los fantasmas anteriores), también podemos captar esa sensibilidad anárquica que ya habíamos visto en la Bad Painting antes de que degenerara (dicho sin acritud alguna) en el ¨muñequismo¨ actual. Lejos del infantilismo que impera en el último arte contemporáneo hecho para (y por) los caprichos del mercado, estos monstruos siguen emitiendo todavía sutiles ecos de los mecanismos que el romanticismo siniestro y turbador, de raíz freudiana, utilizaba para hacer aflorar ¨algo¨ desde un interior oscuro. Pero lo cierto es que estas criaturas de Black Butter están mucho más cercanas al ¨realismo de manicomio¨ (que combina el drama social, la experiencia personal y la imaginación) que al patetismo traumático individualista de Freud.